Por Pierre Maillard
Chanel, Hermès y Louis Vuitton… ¿qué tienen en común estas tres
marcas? Ninguna de ellas tiene sus orígenes en la relojería: Chanel
viene de la alta costura, Hermès tiene sus raíces en la guarnicionería y
la marroquinería y Louis Vuitton es el rey de las maletas de lujo. No
obstante, las tres han triunfado en su empeño de expandir su universo
a muchas otras áreas del lujo ajenas a su vocación inicial. Y las tres
disponen de excelentes redes de distribución de alcance mundial.
Pero, ¿y qué más? Chanel, Hermès y Louis Vuitton, todas, han entrado
sabiamente en el universo de la relojería e incluso han superado la difícil
prueba para acceder a ser miembros del selecto club de los auténticos
relojeros. Cada uno lo ha llevado a cabo de manera distinta: Chanel gracias,
principalmente, al J12 que se ha convertido en un reloj de culto,
creado por el desaparecido Jacques Helleu; Hermès porque ha ido creando
pacientemente su propia organización relojera permitiéndole a la
marca dominar este nuevo oficio; y Louis Vuitton porque ha creado una
singular oferta tanto a nivel de estética como a nivel de distribución.
Estas tres mercas se encuentran en un punto intermedio entre dos mundos
– el mundo de la relojería y el mundo de la moda. Cada una ha
demostrado, a su manera, que las fronteras pueden moverse, que nada
está fijado y que la legitimidad puede adquirirse o ganarse a pulso
Chanel J12 Cerámico
Chanel y el J12
El J12 no es el primer reloj que creó Chanel, pero es ciertamente el que
permitió a la marca parisina entrar de pleno derecho en el mundo de la
relojería. Esto se debió a la perspicacia y al talento de Jacques Helleu
(quien lamentablemente falleció el pasado mes de septiembre). Helleu fue
un producto de la casa, por decirlo así, porque entró en Chanel a los 18
años, “para ocuparse del problema del gusto,” tal y como le explicó Pierre
Wertheimer, el director de la marca, al describirle sus responsabilidades.
Jacques Helleu estuvo involucrado un poco en todo, encargándose del packaging
y de la comunicación, antes de ser el Director Artístico de la marca.
Apasionado de la mecánica y coleccionista de coches, admitía sin sonrojarse
que en vez de botellitas de perfume soñaba con diseñar locomotoras.
“Quizá conseguí realizarme con los relojes,” explicó después, “puesto que
en las máquinas de vapor hay elementos extasiantes que también se hallan
en los más bellos relojes mecánicos. El resultado es espontáneamente
estético porque proviene de una solución funcional más que de una intención
artística. Siempre he buscado en los relojes la culminación de la idea
que solo se encuentra en los objetos intemporales.”
Apuntando a esta intemporalidad, Jacques Helleu quiso crear un
objeto sólido y único que pudiera convertirse en un referente, más allá
de la simple colección. Le tomó siete años construir y acabar el J12 tal
y como lo conocemos hoy. Su fuente de inspiración fue, como él mismo
dijo, un combinado de influencias y referencias que el reloj consiguió
unificar y fundir en un producto de fuerte personalidad, un producto
reconocible de inmediato.
El origen de su nombre tiene fama de ser una de esas influencias y viene
del nombre en clave, J12, de la embarcación clase J de la Copa América
que el famoso barón Bich usaba para preparar la carrera. Otro referente
fue el mundo del automóvil, con sus capós brillantes de formas perfiladas.
Otro referente es el mundo de la alta tecnología y sus materiales
de vanguardia. Y, a este enjambre de influencias externas debemos
añadirle los códigos genéticos propios de la casa Chanel, códigos
definidos por la mismísima “Mademoiselle” Coco Chanel: pureza de
líneas, y una tendencia exagerada al blanco y negro.
Al principio, en 1994, como explica Jacques Helleu, “los métodos técnicos
para realizar el J12, tal como yo lo visualizaba, aún no existían. No
había nadie capaz de suministrarme el negro brillante y duradero que
precisaba. Eso sin tener en cuenta el hecho de que nadie veía ningún
interés en que Chanel creara un reloj, y menos un reloj masculino.”
La solución – un golpe de genio – vino con la utilización de la cerámica, un
material que es casi tan duro como el diamante. Es cierto que la cerámica ya
se utilizaba en relojería,siendo Rado el más notable ejemplo,pero no se había
utilizado de esta manera, con tal flexibilidad y fluidez (recordemos, por ejemplo,
los eslabones articulados con caucho), o en combinación con diamantes,
rubís o, sorprendentemente, con aluminio como en el modelo Superleggera.
Cuando se presentó el J12, los “legítimos” relojeros esbozaron una educada
sonrisa. Para ellos, era solo un fenómeno de moda. Poco a poco, a
su pesar, debieron enfrentarse al hecho de que el J12 se estaba convirtiendo
en un icono y que acabaría siendo protagonista de la historia de
la relojería. Con el tiempo, Chanel subió audazmente el listón al presentar
un tourbillon montado en un puente cerámico – una primicia que
marcó la entrada de Chanel en el círculo de los relojeros legitimados.
Entretanto, Chanel estableció sus talleres relojeros en La Chaux-de-
Fonds, en el epicentro del recinto sagrado de la relojería.
Cape Cod y Clipper Chronograph
Hermès, relojería paso a paso
Hermès se distingue de otras casas de moda y accesorios gracias al requisito
escrupulosamente mantenido de dominar los diferentes oficios,
empezando, como no, por la marroquinería de la piel. Un oficio, por definición,
es una vocación que no procede de la improvisación sino que es un
arte que ha sido adquirido a base de un diligente esfuerzo de años.
Hermès ha aplicado al pie de la letra este código ético profesional para su
entrada en la relojería. Con paciencia infinita, laborando de forma gradual
y comedida, paso a paso, la marca se ha ido dedicando a ir
adquiriendo los diferentes tipos de maestría que constituyen la esencia
de la relojería. No crean que la relación de Hermès con la relojería es de
hace cuatro días: ya en 1912 la marca fabricaba correas de piel para relojes
de bolsillo. Más adelante, con la popularización de los relojes de
pulsera en los años 1920, Hermès fabricaba y vendía correas de reloj. En
1928 empezó a vender sus propios relojes, especialmente el famoso
Ermeto, un reloj de bolsillo que se armaba con un mecanismo deslizante.
A partir de ahí, la marca francesa no dejó de hacer relojes, especialmente
colaboraciones con Jaeger, Universal y Vacheron-Constantin. De pasada
mencionaremos los relojes de pulsera para golfistas de 1928 y los Etrier
de 1950-1960. Con la llegada del cuarzo, Hermès presentó el famoso
Kelly, inspirado en los pequeños candados de los bolsos del mismo nombre.
Entonces despegó la producción relojera de la marca y en 1981 se
presentó el Clipper, en 1987 el Sellier, el Cape Cod en 1991 (y la correa de doble vuelta en 1998), el Médor en 1993 y el H-Hour en 1997.
Ya en el año 1978 Hermès fundó su filial relojera: Montre Hermès SA, ubicada
en Bienne. Esta unidad iba a crecer y desarrollarse con el tiempo. En
2003 Hermès inició su colaboración con Vaucher que suministró el
movimiento para el Dressage, el primer reloj automático de Hermès. Como contrapartida, Hermès suministró correas de piel a Parmigiani. En 2006 se dio un paso al frente, con la compra de un 25 % de las acciones de Vaucher Manufacture Fleurier por importe de 25 millones de CHF. Esta
participación en Vaucher se decidió “para crear un entorno destinado
específicamente a la fabricación de movimientos Hermès,” nos explica
Emmanuel Raffner, quien está hoy a la cabeza de Montre Hermès SA.
“Deseábamos poner a punto una herramienta industrial al servicio del
desarrollo de los relojes Hermès para poder abastecer de movimientos técnicamente
sofisticados y de alto nivel de acabados a los relojes de nuestras
colecciones. Pero nuestra ambición es doble – no solo queremos
equipar a nuestros relojes de excelentes mecánicas sino que además pretendemos
introducir un poco de Hermès en los movimientos.”
Esta última afirmación: “poner Hermès en los movimientos”, nos dice
mucho de las ambiciones de la marca que, después de 30 años, se ha
convertido en una legítima marca relojera. “Cada año vamos a presentar
una nueva complicación en la colección Dressage, así ganaremos
en fuerza mientras asimilamos esta nueva incorporación por parte
de toda la red comercial,” añade Raffner. “Nuestras ideas deben ser
perfectamente comprensibles para nuestros clientes. Debemos mutar
las mentalidades preexistentes y explicarles el porqué de los precios
más elevados en nuestros modelos nuevos. Pero, al mismo tiempo,
queremos mantener inalterable nuestra personalidad: nuestros productos son fiables, son llevables, son duraderos y son el producto de
un alto nivel de savoir faire.”
Tambour Collection
Louis Vuitton y sus Tambour
Louis Vuitton, la mayor marca mundial del lujo, se tomó su tiempo antes
de decidirse a entrar en la relojería, para la que su vocación de fabricante
de equipajes (y, por tanto, entendidos en viajes y husos horarios)
les servía de gran pretexto. Efectivamente, no fue hasta 2.002 cuando
la marca presentó su Tambour, cuya forma y apelación proceden de los
relojes alemanes creados sobre 1.530 – 1.540. Este reloj destacó de
inmediato por su diseño bulboso, sus esferas de tonos arena y chocolate
tan queridos a la marca, su discreto Monogram y su aguja de
segundero en amarillo, inspirada en el hilo encerado con que se cose la
marroquinería. Estos fueron sus principales rasgos distintivos.
En 2.004, preocupados por asegurarse el éxito en su filial relojera,
Louis Vuitton fundó un taller de relojería en La Chaux-de-Fonds. La
lógica tras esta acción, como no se cansa de repetir la dirección de
Louis Vuitton, es “ejercer un control total sobre la producción y distribución
de nuestros relojes.”
Por la parte de la producción, el taller en La Chaux-de-Fonds, que
ocupa a unas 60 personas, está dedicado a: la validación técnica de los
diseños provenientes de la empresa matriz; la determinación de su viabilidad
industrial; las relaciones con la red de subcontratistas de la
región del Jura (la mayoría de los que emplea la marca); el control de
calidad y el montaje de los relojes.
Po la otra parte, la de la distribución, Louis Vuitton ha optado por una
política de exclusividad con el fin de garantizar un servicio excepcional.
De hecho, los relojes Louis Vuitton se distribuyen exclusivamente
mediante una restringida red de 150 de las tiendas Louis
Vuitton en el mundo. A causa de esto, la marca es pionera respecto a
las marcas tradicionales, en las que la distribución en sus propias boutiques es un plus en imagen y poco más.
Esta distribución extremadamente selectiva está contribuyendo a
hacer de los relojes Louis Vuitton algo particularmente elitista. El éxito
del Tambour, a través de sus muchas declinaciones, ha demostrado
sobradamente la calidad de su diseño. Es un diseño que puede acoger
movimientos y funciones que cada vez son más complejos – despertadores automáticos GMT, relojes de submarinismo, cronógrafos de regata, e incluso preciosos tourbillons con el Monogram – así como las
decoraciones que son cada vez más de joyería, tales como el Tambour
Fleurs Précieuses Nacre y el Tambour Forever.
A esta primera colección, que sigue expandiéndose, se añade ahora
otra colección llamada Speedy y que certifica la creciente madurez
relojera de la marca.