Por Pierre Maillard
La palabra “pasión”, en el universo relojero, ha sido usada y abusada de tal manera que a veces tenemos nuestras
dudas sobre si debemos emplearla de nuevo. Pero he ahí que, en el caso de Olivier Vaucher, artista grabador,
está sobradamente justificado su uso.
Establecido desde 1978 como grabador independiente,
Olivier Vaucher (1954) ha pasado,
admite, años difíciles y ha sufrido numerosos
altibajos. Pero nunca cedió a la tentación de
rendirse o buscar refugio como engastador,
como hicieron tantos otros. Se mantuvo firme
durante la Crisis que se alargó años y años,
manteniéndose a flote contra viento y marea
y, finalmente, vio su tenacidad recompensada
cuando se despertó un renovado interés por
el grabado.
Astrolabio para Corum, Dragones, para Alain Silberstein
Raíces relojeras
Muy probablemente, las raíces relojeras de
Olivier le confirieron el carácter y la tenacidad.
Con sus orígenes en Fleurier, la familia Vaucher
lleva más de 300 años en la relojería. Su padre
fue relojero en la factoría Fontainemelon
(absorbida posteriormente por ETA), donde
creó calibres durante años, en mitad del periodo
más negro de la industria, los cuales
nunca llegaron a ver la luz. Olivier dudó si
seguir los pasos de su padre. La industria relojera
se hundía y parecía estar en sus estertores
finales. El joven Olivier se interesó brevemente
por la horticultura antes de ingresar en la
escuela de artes aplicadas de La Chaux-de-
Fonds, donde aprendió la técnica del grabado.
En 1974 se trasladó a Ginebra, grabando bloques
de acero para la industria gráfica. Más
tarde se incorporó a Blum & Züllig, “el mejor
taller de grabado de Ginebra,” según dice él,
donde aprendió “todos los secretos del oficio.”
Pero Olivier Vaucher tenía un espíritu resueltamente
independiente y, en 1978 ya había montado
su propio taller, y adoptado el lema que aún
lleva hoy: informer la matière, o como diríamos
en castellano: investigando materiales.
En nuestros días, su taller, ubicado en un sorprendente
reducto de tranquilidad solo a unos
pocos pasos de una de las calles más bulliciosas
de Ginebra, emplea a una docena de personas
entre sus muros centenarios. La mayoría está con
Vaucher desde hace una década o más y complementan
sus habilidades en grabado, arte animal
y pintura en miniatura.
Finalmente, después de mucha confusión, el inicio
de los 90 supuso el renacimiento de la industria
relojera, especialmente la suiza, que retomó
la producción de piezas de excepción para coleccionistas.
Nos dice Vaucher: “De hecho, mi primer cliente importante fue Audemars Piguet.
La firma había relanzado la moda de movimientos
esqueletizados y delicadamente decorados, y
esto nos puso de nuevo en el camino. Antes de
eso, la moda se limitaba a grandes acanalados y
eslabones alargados en las pulseras, lo que
implicaba el empleo de una técnica diferente,
más física pero no tan interesante desde el punto
de vista de nuestras capacidades artísticas.
PAON para Corum , PLANETARIUM para Richard Mille, APOLLO’S CHARIOT para Vacheron Constantin
Recuperar el oficio
En 1992 Audemars Piguet nos encargó unas
piezas más elaboradas,inspiradas en el tema de las
cuatro estaciones primero y después otro lote
inspirado en el tema de automóviles clásicos,
requiriendo grabado en la esfera y en la caja. Estos
encargos nos permitieron dar rienda suelta a nuestra
creatividad y competencia, nos ayudaron a
mejorar y así, poco a poco, recuperamos el oficio.
Richard Daners, maestro relojero de Gübelin, le
encargó al taller Vaucher el delicado grabado de
los autómatas cuyos brazos ejercían de agujas
retrógradas. A partir de ahí, los pedidos
empezaron a llegar uno tras otro. En 1997,
Corum pasó pedido de unas piezas bastante
complejas, como un reloj con una imagen del
Coliseo de Roma grabada en la esfera, el
movimiento recubierto de frisos romanos y el
rotor esculpido en bajorrelieve con las imágenes
de Rómulo y Remo. Después vino una serie limitada
muy del gusto de Séverin Wunderman: gallos
de pelea, pavos reales, murciélagos y un
Lucifer escarlata con diamantes negros. Y otras
marcas nos empezaron a encargar sus trabajos.
Ulysse Nardin encargó una serie de relojes de
temas variados, como los campaneros de la plaza
de San Marcos de Venecia o Gengis Khan. Alain
Silberstein encargó al taller de Vaucher que le
hiciera esmaltes al fuego de dragones y serpientes,
con fondos de madreperla.
Sin dudar, el trabajo con Vacheron Constantin le
permitió a Vaucher y su equipo desplegar todos
los aspectos de su talento.Vaucher es inquisitivo
de carácter y siempre ha buscado la manera de
aliar las técnicas más tradicionales con los más
modernos métodos. En 1995 realizó para
Vacheron Constantin una serie de esferas en
cloisonné esmaltado al fuego de temas naturales,
en 2005 le encargaron unas piezas excepcionales
para la colección Las Cuatro
Estaciones, con el carro de Apolo esculpido en
relieve sobre esmalte al fuego. Como homenaje
al 250º aniversario de la marca de Ginebra la
marca le encargó la realización culminante de
su carrera, la colección Les Masques.
Esta colección, presentada en detalle en un
número anterior de Europa Star, fue la oportunidad
que permitió a Olivier Vaucher demostrar
toda su creatividad, le permitió combinar todo
lo que era posible en el arte del grabado y
sobradamente superar cualquier cosa hecha
en el pasado. Para poder alcanzar el sorprendente
realismo de los modelos de las máscaras
da la colección del museo Barbier-Müller, los
artesanos de Vaucher tuvieron que emplear
toda clase de técnicas, desde las más avanzadas
a las más alquimísticas.
Se digitalizó cada una de las máscaras en tres
dimensiones para así poder encontrar el ángulo
idóneo para ubicarla en la esfera. El siguiente
paso fue hacer un grabado simple con laser para
que la mano diestra del artesano le fuera dando
el sutil relieve, limara las asperezas, reprodujera
el efecto de siglos de existencia. La base de las
máscaras se hizo de oro y fue tratada para que
reflejara el color y material de las originales
(madera policromada, bronce oxidado,
mechones de pelo). En esta fase, Vaucher y su
equipo se convirtieron en alquimistas, reconstruyeron
un completo laboratorio químico a la
antigua, con sus alambiques y sus fórmulas centenarias
de procesos químicos y galvánicos.
El más sorprendente ejemplo de sus investigaciones
es la reproducción de los puntos de óxido
de la máscara funeraria china, que data de la
dinastía Liao (907 – 1125). Como el oro no se
oxida, Vaucher y su equipo debieron ingeniárselas
e inventar un procedimiento inhabitual: los
puntos de óxido se crearon por deposición de
minúsculas gotas de cobre sobre la superficie de
oro y se procedió a la oxidación. Esta es solo una
de las sorprendentes técnicas desarrolladas por
Vaucher y su equipo de colaboradores, pero es
paradigmático de lo que este polifacético artista
aprecia más que otra cosa: “Recorrer sendas
desconocidas, desplazar las fronteras lo más
lejos posible, en el antiguo arte del grabado.”